Volver
¿En qué se gasta?

El techo de gasto y las reglas fiscales: ¿Límites necesarios o corsés para el bienestar?

25 de marzo de 20265 min de lectura

Tras varios años de suspensión excepcional motivada por la pandemia de COVID-19 y la posterior crisis energética, Europa ha vuelto a encender los semáforos de la disciplina fiscal. El retorno de las reglas fiscales comunitarias ha devuelto al centro del debate político y económico conceptos que parecían olvidados: el déficit, la deuda pública y, muy especialmente, el techo de gasto.

Pero, ¿qué significan realmente estos conceptos y cómo afectan a los servicios públicos que recibimos los ciudadanos?

El retorno de las reglas fiscales europeas

El Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea establece dos límites fundamentales que los Estados miembros deben respetar: un déficit público no superior al 3% del Producto Interior Bruto (PIB) y una deuda pública que no exceda el 60% del PIB.

Durante la pandemia, la UE activó la "cláusula de escape general", permitiendo a los países gastar por encima de estos límites para sostener la economía, los ERTEs y los sistemas sanitarios. Sin embargo, esta barra libre ha terminado. En 2024 entró en vigor un nuevo marco de gobernanza económica europea que, si bien es más flexible y adaptado a la realidad de cada país que el anterior, vuelve a exigir sendas de consolidación fiscal.

Para países como España, con una deuda pública que supera el 100% del PIB, esto significa que los próximos años estarán marcados por la obligación de reducir el desajuste entre lo que el Estado ingresa y lo que gasta.

El techo de gasto: la primera pieza del dominó

En este contexto, el límite de gasto no financiero, conocido popularmente como "techo de gasto", se convierte en la herramienta principal de política económica nacional.

El techo de gasto es, en esencia, el tope máximo que el Estado, las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos pueden gastar en un año determinado (excluyendo el pago de los intereses de la deuda). Es el paso previo e indispensable para la elaboración de los Presupuestos Generales del Estado. Si no se aprueba el techo de gasto en las Cortes Generales, no hay presupuestos.

Su cálculo no es arbitrario. Se determina a partir de la previsión de ingresos (cuánto se espera recaudar mediante impuestos) y del objetivo de déficit fijado con Bruselas. Si el objetivo es reducir el déficit, el techo de gasto debe crecer por debajo de lo que crecen los ingresos, o incluso reducirse.

La tensión entre disciplina y bienestar

Aquí es donde surge el gran debate político y social. El artículo 31.2 de la Constitución Española exige que el gasto público realice una asignación equitativa de los recursos y responda a criterios de eficiencia y economía. ¿Cómo se conjuga este mandato con las restricciones impuestas por el techo de gasto?

Existen dos visiones contrapuestas:

  1. El techo de gasto como garantía de sostenibilidad: Desde esta perspectiva, las reglas fiscales son imprescindibles para evitar que el Estado viva permanentemente por encima de sus posibilidades. Una deuda pública descontrolada acaba absorbiendo recursos (en forma de pago de intereses) que deberían destinarse a sanidad o educación, y traslada la carga fiscal a las generaciones futuras. El techo de gasto obliga a priorizar y a ser eficientes.
  2. El techo de gasto como corsé del Estado de bienestar: Los críticos argumentan que unos límites de gasto demasiado estrictos impiden al Estado realizar las inversiones necesarias en infraestructuras, transición ecológica o servicios sociales. En épocas de crisis o de necesidad de transformación estructural, limitar el gasto puede ahogar el crecimiento económico y aumentar la desigualdad.

El estado actual de la cuestión

En la actualidad, España se enfrenta al reto de cuadrar el círculo: cumplir con la nueva senda de consolidación fiscal exigida por Bruselas sin aplicar recortes drásticos en los servicios públicos.

La estrategia del Gobierno pasa por fiar el cumplimiento de los objetivos de déficit al crecimiento económico (que aumenta la recaudación de forma natural) y al mantenimiento de una presión fiscal elevada, en lugar de optar por una reducción drástica del gasto público.

Sin embargo, la aritmética parlamentaria complica enormemente la aprobación de los techos de gasto y, por ende, de los presupuestos. La falta de consenso político convierte una herramienta de planificación económica en un arma arrojadiza, generando incertidumbre en todas las administraciones (especialmente Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, que dependen de estos objetivos para elaborar sus propias cuentas).

En conclusión, el techo de gasto no es un mero tecnicismo contable. Es la frontera donde chocan las exigencias macroeconómicas de Bruselas con las demandas sociales de los ciudadanos. Entender cómo se fija y qué implica es fundamental para comprender hasta dónde puede llegar, en la práctica, nuestro Estado de bienestar.

Carol Blasco

Carol Blasco

Catedrática de Derecho Financiero

Carol Blasco

No te pierdas nada

Suscríbete para recibir los últimos análisis sobre fiscalidad, gasto público y la Administración directamente en tu correo.

Prometo no enviar spam. Solo contenido de valor.